Cuando las personas se arrepienten verdaderamente, tienen una conciencia más dócil ante Dios y están dispuestas a reconocer sus pecados. Al predicar a este tipo de personas en el día de Pentecostés, Pedro habló de su culpabilidad y de la nuestra—nuestra responsabilidad y participación—en la muerte de Jesús. Nuestros pecados requerían de su muerte. Debido a los pecados de la humanidad, Jesús sufrió el dolor y la humillación de la crucifixión para que pudiéramos ser perdonados. Jesús ofreció su vida y se convirtió en una ofrenda por el pecado por nosotros. Al reconocer humildemente esta profunda verdad que Pedro había dicho, muchos “se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hechos 2:37).
Pedro les contestó después: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (v. 38).
Cuando uno es bautizado, debe ser sumergido en agua (Juan 3:23; Hechos 8:39). “Las palabras ‘bautizo’ y ‘bautizar’, son simplemente palabras griegas que han sido transferidas al español… Significan sumergir una cosa en un elemento o líquido (Easton´s Bible Dictionary [Diccionario Bíblico de Easton], Bautismo cristiano”). Jesús pasó por esta experiencia simbólica para “cumplir toda justicia”—esto es, para darnos ejemplo (Mateo 3:13-16). Por supuesto, Jesús no necesitaba ser bautizado para perdón de los pecados porque Él vivió una vida perfecta, sin pecado (1 Pedro 2:22).
Jesús fue bautizado para mostrarnos lo que debíamos hacer. Por medio del bautismo, nosotros entregamos nuestra vida a Dios y acordamos “seguir sus pisadas [las de Jesús]” y “andar como él anduvo” (1 Pedro 2:21; 1 Juan 2:6). También es importante anotar que Jesús instruyó a aquellos que liderarían la Iglesia a que “por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19).
Ser completamente sumergido en el agua simboliza la muerte y entierro de nuestra antigua manera de vivir, la que vivíamos antes del arrepentimiento, y salir del agua significa nuestra resurrección—ser vueltos a la vida—a una nueva forma de vivir libre de pecado (Romanos 6:3-11). Pablo también se refirió a este proceso como “habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos”, y “revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Colosenses 3:8-10).